Es miércoles y todavía no son las diez de la mañana. Abril se está despidiendo con un frío inesperado. Hace más de una hora que mucha gente del barrio se fue para microcentro a trabajar. Ahora quedan porteros que se gritan de una vereda a la de enfrente, señoras que lustran picaportes y gritos de niños que juegan a la mancha en el recreo.
Un hombre camina con muletas. Tiene un sweater azul gastado que se estira en la panza y le marca la camisa. Tal vez tenga cincuenta pero parece de sesenta. Las canas amenazan, enredadas, con ganarle a los pocos pelos morochos que sobreviven. Las muletas llevan a un hombre cansado, a un hombre de piel curtida, a un trabajador lesionado.
El hombre camina en la vereda del quiosco. El hombre cae, no se tropieza, tal vez se desmaya. Su cuerpo queda acostado en la vereda. El quiosquero grita. El portero de al lado se acerca y se arrodilla. Yo me agacho y le sostengo la cabeza. Llega otro hombre, con bigotes rojizos y cejas rígidas, y empieza a golpearle con sus manos cruzadas en el pecho. El hombre no está inconsciente, el hombre respira, el hombre abre un poco los ojos y los cierra, no puede hablar. De repente hay un círculo de personas que nos rodea. Hay un policía que dice que ya llamó a la ambulancia. Y nosé quién les avisa ni por qué llegan tan rápido pero aparecen una señora que dice que es su marido y una adolescente que dice que es su padre. La señora es bajita y gorda, tiene una falda gris debajo de las rodillas y un sweater color salmón de ochos. La hija tiene campera, unos rulos que mueve de la frente a detrás de las orejas y un jean ajustado.
La ambulancia no viene. Llamo al consultorio de mi médica clínica que queda a media cuadra. Le cuento a la secretaria lo que pasa y en cinco minutos vienen dos médicas corriendo. Entre las dos, comienzan con la respiración boca a boca. Una de ellas le pregunta a la mujer si es diabético. La mujer, que no llora pero está a punto, dice que sí. Sí, señora, sí, por favor, sí, es diabético. Una de las médicas pide azúcar. El quiosquero alcanza sobrecitos. La médica le abre el sobre en la boca, pero el hombre ya no responde. No traga la azúcar. Y la respiración boca a boca se vuelve dulce, impotente, resignada. Las médicas se miran. “Está en paro”, dice una. La madre llora con nerviosismo, la hija llora con timidez. Le acaricio el brazo, la trato de calmar, pero también lloro.
Pasan unos minutos que son horas, que son meses, que son años. Viene una ambulancia pero es chofer y no tiene médicos. Sigue. Viene la del SAME, veinticinco minutos después del llamado. Somos 10 personas alrededor del hombre. Yo sigo al lado de la hija, frotando mi palma sobre su hombro. El policía hace por primera vez algo: despeja la zona. “Señores, qué les pasa, esto no es un show, ¿que quieren ver? No es un show esto”. La gente se va. Nos vamos. Suben al hombre a la ambulancia. Y él también se va.